domingo, 31 de mayo de 2009

ARTÍCULO DE OPINIÓN

EL INCA EN EL SANTUARIO


Os amo, gentes del pueblo llano, de mis raíces, campo pegujalero de mi sangre, árbol de luz y fruto de mi llanto. Y me callo, falto y sin verbo adecuado para rezarlo, hermanos”. –Ramón de Garcíasol-1



Un campesino caminando hacia el parque en el Santuario.

La ardua labor del campesino, su sudor, su finca, su sombrero de paja y su ruana, sus botas, su dialecto, todo tan tradicional, tan hogareño, él es la recreación precisamente de cómo empieza el hombre en la tierra, arando el campo, extrayendo su fruto, mostrando las bondades del campo y conociéndole sus mañas.

Rural viene a denominarse su entorno, en el caso de El Santuario, 72,5 kilómetros de verdes campos con trochas para llegar más rápido. Distintos nombres llenen estos espacios, entre ellos: El Salto, Potrerito, Portachuelo, Aldana, Vargas, Pantanillo, Pavas, Bodegas, El Carmelo, La Aurora, Palmarcito, La Paz, El Valle de María, Campoalegre, y más.

Si llenan el Municipio, entonces qué es lo que hace que se les llame de forma despectiva, (campeches, montunos), y casi que se haga burla de su forma de hablar; el campesino es quien con trabajos pesados nos permite comer, es la tradición de los pueblos colombianos representada. Entonces, ¿por qué van a querer venir niñas de abuelos campesinos a avergonzarse de sus raíces?

Semanalmente el parque se ve coloreado por sus mejillas, y se llena de personas con costales para abastecerse durante la semana. Su labor sigue siendo llevar cargas pesadas, aunque ya está en el día de descanso. Pero la práctica realmente abominable es ver las cantinas llenas de ellos un domingo en la tarde; entonces, todo lo que con esfuerzo han ganado viene a ser para enriquecer al gobierno, pagando lo exigido, es más, en la mayoría de las ocasiones, pagando más, porque ebrios ni cuenta se dan de cuánto han bebido y de cuánto más han pagado. Y así, semana tras semana, entrega al cantinero lo poco que les dan por su mucho trabajo.

Las generaciones nacientes de campesinos empiezan a querer “bajar al pueblo”, y así empiezan a pensar entonces que en el campo son retrogradas porque no salen a rumbiar o hablan de determinada manera; luego viene el querer salir del campo, educarse, aprender para no quedarse allí, como si fuera malo, como si alguien lo hubiera vedado, salen y estudian para ser “más urbanos”.

Y luego, el final del típico santuariano: el comercio, la plata, la “merca”, las bodegas, mostrar aquellas privaciones de las que gozaban en el campo, cubriéndolas con oro, botas de cuero y tacón, caballos, música ranchera con alto volumen… Y se atreven a avergonzarse del campo. Y al igual que el Inca entre España y América, a ellos ya no los quieren ni aquí ni allá.

1 Extracto de Gracias hermanos. A Gabriel Celaya. En: http://amediavoz.com/garciasol.htm Última revisión: 28 de mayo de 2008.



Rosita fresita.

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