miércoles, 18 de noviembre de 2009

HIJAS DE NADIE. ENTRE LA SANGRE Y EL SILENCIO.


Sacrificios de sangre…


- ¿Hasta cuándo vacilaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; si Baal, id en pos de él. – Y el pueblo [israelita] no respondió palabra.[1]

Decía Elías, el profeta del Dios Altísimo, retando a más de 450 profetas de Baal a que con cantos y danzas clamaran a su dios, y del cielo viniera fuego para encender un holocausto de sacrificio erigido en el monte Carmelo. Danzaron y gritaron por horas, frenéticamente, pero su dios nunca respondió. Elías, para hacer reconocer el reinado de Dios, hizo inundar el lugar del holocausto por tres veces, y clamó a Dios con su corazón por un pueblo perdido, desviado de Él. Entonces, fuego del cielo descendió y quemó todo el holocausto, hasta las piedras, y el pueblo reconoció: “Jehová es el Dios”.

Apresaron a los profetas de Baal y Elías, con sus manos, los degolló en el arroyo Cisón.

Praderas mostaza y verde. El sol se abre camino entre las nubes. El día inicia temprano, a la par con los gallos.

Este es un Carmelo más próximo, se encuentra en El Santuario. Los sacrificios no son a Baal y las víctimas no son fuertes y grandes bueyes. Aquí no ha llegado el profeta del Dios verdadero a degollar a los que frenéticamente ofrecen los sacrificios a un dios que no existe más que en sus mentes; el problema de estos sacrílegos es no reconocen al Dios verdadero, para ellos su dios es Dios, y en eso se han equivocado.

Aquí las víctimas son más vulnerables y de muy fácil acceso, caen presas de su ingenuidad y del poder de encantamiento de los falsos profetas, seducir a los débiles, convenciéndolos de su verdad.



(BLOQUE 3 – FICCIÓN. DESCRIPCIÓN DEL ACTO SEXUAL)



Otros borregos gimen…


Se llama Ana[2], cuida con cautela su tesoro más preciado, el secreto del que no quería librarse, una costumbre que le dejó en el vientre un hombre.

Hace trece años, una crédula madre permitió ir tejiendo la hermosa relación entre el esposo de una tía y sus seis pequeñas. Ana era una de ellas, era tan pequeña, tan sólo una niña; y el tío político, nombre comúnmente otorgado al caso, nunca perdía el ánimo para cargar a la pequeña, siempre quería cuidarla y tenerla entre sus brazos, y a medida que la balanceaba la niña lloraba con un llanto desesperado, ¡Qué casual! -, pensaron todos, y quizá hicieron charlas al respecto, a las que el tío respondía con una sonrisa y mayores atenciones y cariños a la niña.

Cuando supieron lo que pasaba ya era tarde, ella no podía estar sola ni desocupada, porque masturbarse para ella era ya su placer y su hábito.

Ahora en el colegio, sus profesores intentan al máximo cuidar de ella, y al menos en público ha abandonado el hábito, pero jamás ha olvidado las “dulces caricias” del que sigue viviendo en la casa del lado…. en el mismo monte.

Cuando se usurpa la pureza, cuando se desgasta y perturba la inocencia, cuando se toca lo más sano y se abusa de la sonrisa; las lágrimas afloran, los rencores se tejen, los senderos se tuercen, incluso las palabras quedan atrapadas...



...Increíblemente, solos.


Según la seccional de la Fiscalía de El Santuario[3], entre el setenta y ochenta por ciento de las denuncias presentadas son por abuso sexual, de las cuales, noventa por ciento son por abuso a menores, algunos casos punibles, otros no por falta de comprobación (sólo se logra identificar a los indicados). La mayoría de los casos son en estratos medios-bajos, y se presentan en gran cantidad en las veredas.

Los casos se diferencian por acto y acceso, entendiendo que en el primero hay penetración, en el segundo sólo tocamientos. Estos últimos son los que más se tramitan. De hecho, cuando se elabora la investigación para corroborar los datos que el niño declara, no se analiza el grado de cercanía del posible abusador, lo que quiere decir que en nada aporta si es incesto o no, sino que se judicializa de acuerdo a la diferenciación anterior. Sin embargo, la pérdida a nivel psicológico no se clasifica. Los niños quedan marcados para toda su vida. Cada área es tocada: académica, familiar, social, emocional y, evidentemente, el área sexual; lo que pocas veces vuelve a la normalidad. Sin embargo, no se puede hablar de violencia, porque no necesariamente se violenta al menor, es decir, no lo obligan, simplemente lo compran, es más, en estos casos se habla de manipulación, porque es muy fácil comprometer al menor, ya que es vulnerable y confiado, inclusive, favorece la situación el hecho de que los niños no sean de un estrato socioeconómico alto, pues las posesiones materiales los seducen.



Las hadas han muerto…


Todas las historias tienen que tener un final, pero quién dispuso que fuera feliz. Ella no es feliz, no encuentra un motivo para reír, pero es una princesa, tiene que serlo. Cuenta con la dulzura que no dejan ver unos ojos marchitos por el dolor y el miedo, con la ternura que no puede dar a nadie, y con la soledad a la que confinan todas las brujas malvadas a princesas que nacen felices.

Esos cuentos dan escalofríos, cómo es que durante todas sus vidas las princesas tienen que esperar el amor de otros y nunca son salvadas por los suyos.

Ella no tiene un nombre, no lo quiere, así mantiene un motivo para no escuchar el llamado de aquella que tomó el título de madre, pues la verdadera no está aquí, esa fue su más terrible pérdida, hasta ahora la recuerda. Su madre, la verdadera, la dejó en manos de su tía, quien se encarga de llenar sus días de trabajo, de esfuerzo, del motivo para que comprenda su culpa: no tener una madre. Diariamente hace todo para la que llama mamá, pone su casa en orden, cumple sus mandatos sin réplica, permanece en casa, en el trabajo que su “madre” le ha impuesto. Al final del día, exhausta, su alma traspasa la ventana, queriendo ir a jugar con niños felices que ve en la calle. Ante tan aterrador intento, la madre castiga indomable, el noble torso de la princesa. Ella huye, como si fuera para siempre, pero tan solo está a unas casas de la suya, y se siente, de nuevo, eternamente sola; en ese instante su furia la lleva al día en que la misma mujer que hace unos instantes le recordaba su desgracia merecida tan solo por llegar al mundo, le adjudicó un padre, quien le hacía recordar su merecido castigo. Él la miraba por la ventana mientras la princesa bañaba su cuerpo, sumida nuevamente en su miedo, para su fortuna, sólo fueron miradas; pero para su historia, es la certeza de seguir en la tierra en la que siempre ha morado: Soledad. Casual que esa mujer venda flores, adornando los palacios de otros cuentos.

Una niña de once o doce años se acerca a la Comisaría de familia, sonríe en la medida de lo que sus agotados ojos y débiles gestos le permiten, su silueta es sombría y luce tan frágil. Han demacrado sus ojos. Su mamá murió cuando tenía 11 meses. Entonces, su tía, una mujer llena de carne, con un rostro brusco y unos gestos abiertamente insultantes, se encargó de adornar sus recuerdos de la infancia, apropiándola de su papel. Sería la encargada de pagar con creces la muerte de su madre. Es ella.


Carolina Figueroa Echeverry


Rosita Fresita.





[1] 1 Reyes 18: 21 b c

[2] El nombre ha sido modificado por motivos de protección del individuo.

[3] Datos suministrados por la fiscal seccional 31, Fabiola Bermúdez Rodas, del municipio de El Santuario

FICCIÓN

Después de una de las prósperas cenas, tan comunes y distintivas del campo, cuando el sol se ha despedido, se reza con fervor el rosario, a María, a Dios, a todos los ángeles; agradeciendo porque la hora se acerca.

El padre, siempre protector del hogar, cuida a sus hijos de los peligros nocturnos, del demonio, de los hombres, de una “vida muy dura”; la noche es peligrosa, por eso todos deben estar en casa, guardándose de tanta atrocidad y riesgos que se corren en la calle.

En casa todo es cuidado y protección. El día de todos ha sido duro; para los abnegados padres, arar el campo; las madres, cuidar de la casa y sus hijos; los pequeños, estudiar o jugar. En la noche es hora del sueño, del merecido descanso. Entonces la penumbra es quien debe ocuparse de guiar a cada uno a su sitio. “Sed sobrios y velad porque vuestro adversario el diablo anda como león rugiente buscando a quien devorar[1]

El papá acompaña a su esposa a la cama y la disfruta parte a parte, la sacia y la deja descansando, quizá las niñas hayan escuchado, va a ir para cerciorarse…

Se acerca a la pequeña de nueve años, mientras empieza a recorrer su cansado y atemorizado cuerpo, que confiado en el dulce y sincero amor paternal, se desinhibe lentamente. Empieza a tocar sus labios, primero con los dedos, llenos de tierra, los acaricia, los palpa. Ahora penetra un poco con su lengua, la que hará deslizar por su rostro y su cuello, a la par que va descendiendo a través del vientre, pero ella apenas si tiene un lánguido torso para llenar su apetito.

Él la hiere con unas manos sucias y un espíritu insaciable, ella obedece o será indolentemente castigada, no sólo por él, sino por la más silente cómplice con la que cuenta: su madre.

La niña se resigna y se deja “querer”, él la mide con sus dedos, juega con sus pechos inexistentes.

En la mente de la niña crece un pensamiento constante y tan fuerte como sus latidos: la muerte. Aquel que hay junto a ella asfixiándole, enseñándole lo duro que es vivir en un mundo tan cruel, le susurra amores al oído, ella hace mucho tiempo dejó de escucharlo, desde antes de que tuviese memoria, él la mima y cuida con todo su esfuerzo, trabaja para darle una vida decente, ¿cómo puede ella negarse, hacerse tan difícil?

El ritual continúa, la mano benefactora está subiendo por sus rodillas, entre sus débiles y ya agotadas piernas, asciende hasta el punto necesario, y empieza a introducir un dedo rústico, agitado, a través de un orificio que ha venido cavando, lo fuerza hacia adentro y afuera. Ella procura gemir, como él se lo ha pedido.

Ahora ella le cede el puesto en la cama, evita al máximo las nauseas. En medio de un llanto hondo, en el que siente odiarse a sí misma, debe sumergir entre sus labios su miembro y debe hacerlo bien. Cuando termina, cuando lo logra, vomita queriendo sacarse el alma.

Teme que llegue la hora del rosario, porque él estará tan cerca, y deberá acceder nuevamente al ritual.


Carolina Figueroa Echeverry
Rosita Fresita.


[1] 1 Pedro 5:8

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