FICCIÓN
Después de una de las prósperas cenas, tan comunes y distintivas del campo, cuando el sol se ha despedido, se reza con fervor el rosario, a María, a Dios, a todos los ángeles; agradeciendo porque la hora se acerca.
El padre, siempre protector del hogar, cuida a sus hijos de los peligros nocturnos, del demonio, de los hombres, de una “vida muy dura”; la noche es peligrosa, por eso todos deben estar en casa, guardándose de tanta atrocidad y riesgos que se corren en la calle.
En casa todo es cuidado y protección. El día de todos ha sido duro; para los abnegados padres, arar el campo; las madres, cuidar de la casa y sus hijos; los pequeños, estudiar o jugar. En la noche es hora del sueño, del merecido descanso. Entonces la penumbra es quien debe ocuparse de guiar a cada uno a su sitio. “Sed sobrios y velad porque vuestro adversario el diablo anda como león rugiente buscando a quien devorar”[1]
El papá acompaña a su esposa a la cama y la disfruta parte a parte, la sacia y la deja descansando, quizá las niñas hayan escuchado, va a ir para cerciorarse…
Se acerca a la pequeña de nueve años, mientras empieza a recorrer su cansado y atemorizado cuerpo, que confiado en el dulce y sincero amor paternal, se desinhibe lentamente. Empieza a tocar sus labios, primero con los dedos, llenos de tierra, los acaricia, los palpa. Ahora penetra un poco con su lengua, la que hará deslizar por su rostro y su cuello, a la par que va descendiendo a través del vientre, pero ella apenas si tiene un lánguido torso para llenar su apetito.
Él la hiere con unas manos sucias y un espíritu insaciable, ella obedece o será indolentemente castigada, no sólo por él, sino por la más silente cómplice con la que cuenta: su madre.
La niña se resigna y se deja “querer”, él la mide con sus dedos, juega con sus pechos inexistentes.
En la mente de la niña crece un pensamiento constante y tan fuerte como sus latidos: la muerte. Aquel que hay junto a ella asfixiándole, enseñándole lo duro que es vivir en un mundo tan cruel, le susurra amores al oído, ella hace mucho tiempo dejó de escucharlo, desde antes de que tuviese memoria, él la mima y cuida con todo su esfuerzo, trabaja para darle una vida decente, ¿cómo puede ella negarse, hacerse tan difícil?
El ritual continúa, la mano benefactora está subiendo por sus rodillas, entre sus débiles y ya agotadas piernas, asciende hasta el punto necesario, y empieza a introducir un dedo rústico, agitado, a través de un orificio que ha venido cavando, lo fuerza hacia adentro y afuera. Ella procura gemir, como él se lo ha pedido.
Ahora ella le cede el puesto en la cama, evita al máximo las nauseas. En medio de un llanto hondo, en el que siente odiarse a sí misma, debe sumergir entre sus labios su miembro y debe hacerlo bien. Cuando termina, cuando lo logra, vomita queriendo sacarse el alma.
Carolina Figueroa Echeverry
[1] 1 Pedro 5:8
0 comentarios:
Publicar un comentario