domingo, 31 de mayo de 2009

CRÓNICA

ENTRE PIERNAS Y LÁGRIMAS

Estábamos en la galería, ese lugar con nombre ambiguo, buscando la forma de conseguir, solo unas palabras, las precisas; era un día oscuro, pero con un sol deslumbrante, quemaba aún entre las ropas, y paradójicamente, en medio del sol, ellas estaban sudando en la oscuridad de una alcoba con un dueño fugaz, desconocidas para muchos sus identidades, se encuentran allí, en casas de nadie, unas con el jocoso nombre de residencias familiares, otras nombres de hoteles, y ellas tratando de poner su mejor cara para obtener un postor decente a un costo decente.

La primera de ellas tiene cabello oscuro, lentes de contacto multicolor, mucho polvo, y tras de este un rostro; su cuerpo obstinado, con senos visibles por el escote, y su ropa interior casi por fuera, tal vez, producto de su última hazaña; a su lado una mujer fucsia con esa risa estridente, toda una puta.

Y más allá, casi ocultándose estaba Estela1, con su gordura maternal, sí, en efecto dos criaturas hubo allí alguna vez, en un tiempo no muy lejano. Una vez a la semana viene a ganarse la vida, a poner precio a su sexo, a desabrochar braguetas, y a revolcarse con quien pague $15000 al menos como sueldo básico, a abrir sus piernas, dejar deslizar un desconocido y “bajar” a conseguir otro; su maquillaje es tosco, sus manos campesinas, sus labios delgados y teñidos de rosa, varias cicatrices enmarcan su rostro, su atuendo oculta lo que es de una manera casi perfecta aún para los de su casa, que ignoran su profesión que viene desde hace un año; una blusa café y rosa, un blue jean y su correa con prendedor de flores, sus pies llevan mal unas sandalias. Mientras contaba su vida, tímidamente, un hombre bajo las escalas, con todo en su lugar, una camiseta blanca impecable, irónicamente, quizá planchada esta mañana por su esposa, un pantalón café y una correa, su rostro impávido y una bolsa en su mano, un hombre que bien podría ser el padre de la mujer que lo seguía unos pasos atrás, una intrépida rubia con una sonrisa fingida a través de unos ojos tristes, se divirtió por un momento con la entrevista de su compañera y se fue para siempre.

Después llegó la mujer, Marta2, gorda hasta la extravagancia, con sus senos de vaca y una sonrisa teñida de fuscia, “mis amores” nos llamaba, con toda la cordialidad posible en un ser humano, aún con lo incómodo de la situación. “Aquí todas somos desconocidas” señaló para referirse a que no sabía lo de nadie. Pero si lo suyo, sabe muy bien que lleva cinco años trabajando, que en su casa tienen muy claro que ella hace oficios varios, sin más, “por supuesto”; y que hace quince días está en la galería, su trabajo tiene el mismo costo que el de Estela, $15000, sin besos y sin quitarse la blusa- aclara, de ahí para adelante todo depende de lo que se cuadre, “Depende del marrano”, el “marrano” debe traer y ponerse el preservativo, pues a ella, irónicamente, le da asco.

A las once de la mañana, empieza su oficio, unas veces tan arduo que descansa al día siguiente, lo que se trabaje es totalmente suyo, a nadie le tiene que rendir cuentas, por lo menos, fuera de su casa, y no porque sea poco, pues en un día se puede hacer un mínimo; si alguna vez tuvo la opción de trabajar en cualquier otra cosa, ahora es muy difícil porque tiene lo que quiere con “poco esfuerzo”.

Al igual que Estela, tiene dos hijos, pero a diferencia de ella, su rostro revela justo lo que es: cabello tan amarillo como el sol, teñido con desdicha por ella misma o por una peluquera encandilada por el tono, absolutamente inmóvil en su cabeza, como un fuerte impenetrable, atrapado en una balaca azul como el cielo, su frente libre de culpas, despejada, excepto por unos cuantos cabellos, sus ojos extasiados de pestañina negra en diversos abultamientos, su mirada extrovertida y sus palabras tranquilas, su cuerpo con múltiples excesos, una blusa azul con un top de encaje curtido, reteniendo por un poco tiempo sus grandes senos, su vientre prominente, aún visible entre sus ropas, su falda negra cubre lo necesario, pero está preparada para laborar, sus pies toscos y resecos, con uñas mínimas se encuentran en unos tacones azules con borde fuscia, en perfecta coordinación con su dueña.


1Nombre ficticio.


2Misma aclaración.




Rosita Fresita.

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