martes, 8 de septiembre de 2009

EN SUS MANOS

Huele a amoníaco con aromatizante de canela, también a polvo. Aquí todo el mundo está enfermo, unos de amabilidad, otros de la mente y a la mayoría los enfermó su vida. Yo creí que me iba a morir y sé exactamente qué me duele: la culpa... Desperté aproximadamente a las 7:15 a.m., empecé a sentir un tenue dolor en el vientre, sobre el vello, en unos segundos me invadió, era asfixiante, me poseía, no pensé en nada más que en desmayarme, perder la razón, me dolía el sexo. Juro que eso siente quien va a parir, es como un viento fuerte punzante que cabalga por los miembros sin cansancio; cuando agota el aire va al cerebro, grita fuerte, desespera, ensordece; y le grito entre sollozos: -¡Dios!, no me dejes- Pero no era él, era yo, merecía lo que tenía adentro. En la lámpara, sobre mi camilla, hay unas criaturas que me observan sigilosas, son minúsculas y tienen alas, se encuentran en medio de hilos viejos llenos de su excremento, evidentemente murieron de tedio y quizá tuvo que ver el aroma del lugar. Me siento un tanto mejor, ahora no tengo nada adentro, sólo ese líquido gélido que corre con mi sangre. No me permiten comer porque estoy en observación. El panorama no es alentador. Una maldita canción de un carro de helados, como tono incesante de un teléfono que nadie contesta, tengo hambre y un cartel al lado con expresas instrucciones del manejo de víctimas de minas antipersonales y municiones sin explotar. De pronto se escuchan las irrisorias voces de personas catándole al circo, esperan que todos vayamos a ver su miseria: Hijos amaestrados para contorsionarse, quizá del hambre, y pedir “una colaboración”, payasos que se revuelcan con malabaristas, personas disfrazadas con poca fortuna de algún “personaje del momento”. Palomitas de maíz, mangos, dulces, grasas; óxido, cantos, gritos, mugre… Hace mucho tiempo que no se ríen, deambulan por pueblos y ciudades con carpas descoloridas y vidas teñidas de gris, creo que no hay gente más misteriosa y sombría que ésta. Toda la vida tratando de hacer reír a otros y sin poder salir de su ruina. Un joven, quizá de 24 años, sólo demuestra lo que es por una bata blanca y por tonos de cordialidad con una niña que tiene las mejillas moteadas de rojo, un escapulario con varios nudos y una ropita morada. Le pregunta a mi mamá si estoy embarazada. Siendo ella, por mi apariencia también lo habría pensado. Se acerca, pregunta qué me pasa, me recorre con sus ojos ávidos de intriga, tras ella aparece una hermana un poco mayor, pero también niña, con cabello amarillo y blusa verde, ambas sonríen, al parecer jamás habían entrado a un lugar tan misterioso; inmediatamente son regresadas a su lugar: afuera. La médica pone su mano en la pierna de un colega, quien con aires de intelectual se acaricia la barbilla; me encantan las manos de los médicos y las monjas, son delicadas. A mi lado se dibuja una señora con humo medicado saliéndole de una careta, hace unos segundos tenía esa tos visceral que involucra secreciones gelatinosas, la faltaba el aire. Ahora duerme y tose esporádicamente. Al parecer voy a salir, pero debo volver a control; -los exámenes no revelaron nada, pero “el tiempo es el que habla en estos casos”-, ellos deben ser afables por costumbre y profesión. Al fin y al cabo están programados para calmar, es su labor. En la tarde, todos los de la mañana fueron dados de alta, excepto la médica, una obesa y cálida guajira, que quiere hacer de casi todas las cosas que hay aquí un chiste, supongo que es buena estrategia, pero no ha funcionado con una anciana que está más allá, repleta de arrugas y sola, noto la fragilidad de la vida en su soledad y su angustia. Dicen que cuando uno regurgita, descansa. Ella es la excepción. Lleva más de una hora intentándolo, pero los años no se lo permiten; se le siente impotente, pero se esfuerza una vez más. Ahora la imagino joven, quizá enamorada, o tal vez casada y viviendo en una gran finca, o riendo, o con una vida, de cualquier forma, menos con los gemidos de dolor que va dejando: -¡Ay, Dios!-, dice con una voz de haberse fumado el mundo, que sale de unos pulmones cargados, débiles y antiguos. Me dan de alta, pero aún tengo un catéter en el brazo. Regreso en la noche para que lo saquen, mi camilla está vacía, la anciana sigue inmóvil en su camilla, sólo deja escapar algunos suspiros de queja, a su lado en la otra camilla hay una joven que no luce enferma. En la habitación al frente de mi camilla hay unos novios, él es el enfermo, ella lo cuida con caricias. La sala de espera, bien podría ser una de esas salas donde interrogan a los presuntos culpables, es sombría, pero del techo barnizado cuelga una lámpara blanca que ilumina los rostros pálidos y lánguidos de unos que están esperando oír sus nombres y pasar.

Carolina Figueroa Echeverry - Rosita Fresita Orate
Periodismo I



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